14 de Agosto. Compañeros de aventuras

En esta vida lo más maravilloso es tener cómplices para esas locuras que cada uno tenemos y yo tengo una suerte inmensa. Tanto cuando me pierdo en busca de esos rincones inexplorados, como cuando salgo a “fotear” a las horas que sea siempre tengo con quien…. Una verdadero regalo de la vida.

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12 de Agosto. Tines dels Tosques

Les Tines de la Vall del Flequer

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Les tines (Datos sacados de Wikipedia)
Les Tines entre las viñas son unas construcciones de piedra singulares utilizadas en el pasado para elaborar el vino en los mismos campos en los que se cultivaba. Fueron levantados en medio de los viñedos situados en los lugares más aislados de los valles de la comarca del Bages. Se encuentran dispersos por la parte noroeste de una zona de gran importancia ecológica y cultural, el Parque Natural de Sant Llorenç del Munt i l’Obac y su área de influencia, constituyendo un patrimonio etnológico e histórico único en Cataluña.
En su momento de mayor expansión, a finales del siglo XIX y justo antes de que llegara la filoxera, casi la mitad de la superficie total de los términos municipales de Mura, Talamanca y Rocafort y Pont de Vilomara estaba plantada de viñedos: las vides dominaban ampliamente el paisaje montañoso de una zona donde actualmente no queda casi ninguna cepa.​ Si recorriéramos hoy en día las tierras de estos municipios nos encontraríamos con abundantes tines y barracas de viña, así como muros de piedra seca levantados para nivelar las laderas, elementos que ahora ya no tienen ninguna utilidad práctica pero que nos recuerdan los esfuerzos que la gente de una época no muy lejana realizaron en su diaria supervivencia.​ Todas estas construcciones permanecen como testigos pétreos de un monocultivo que durante el siglo XIX devoró grandes áreas de floresta, terrenos que la naturaleza vuelve a reivindicar.
Características
Se han clasificado 103 lagares entre las viñas (tines, según su denominación local) en diferentes estados de conservación. En algunos casos se encuentran aislados, presentando únicamente una caseta auxiliar adosada (13 en total) y en otros formando grupos (los 90 restantes).3 Estos conjuntos son considerados como las construcciones más interesantes: suelen ser tres, cuatro o más lagares levantados simultáneamente (resultaba más barato) y que, a veces, compartían una prensa. Pero éste era el único uso colectivo, ya que cada uno de los lagares era utilizado individualmente por su dueño.4
La mayoría son de forma redondeada (81), pero también los hay rectangulares (12) y mixtos, con depósito circular pero paredes exteriores rectangulares (10). Sus capacidades oscilan entre los 1200 litros del menor y 31 000 el más grande, midiendo como máximo 2,5 m de diámetro y 3 de profundidad. Para su construcción se empleaba piedra y mortero de cal, revistiendo las paredes interiores con baldosas cuadradas de cerámica vidriada, planas o ligeramente curvadas. La parte superior, con la puerta de entrada, se realizaba en piedra seca, mientras que el techo se cerraba mediante una falsa cúpula (aproximación por hiladas), cubierta exteriormente por una capa de tierra que la impermeabilizaba y hacía de aislante térmico. En la parte inferior había un orificio que servía para vaciar el mosto ya fermentado, protegido normalmente dentro de una barraca de piedra seca adosada al lagar.
Orígenes
En Navás (Barcelona) y Balaguer (Lérida) han sido encontrados antiguos depósitos excavados en rocas blandas que sirvieron para hacer las funciones de lagar y cuba. Allí, en medio de los campos, se pueden ver varios conjuntos de lagar-cuba conectados entre sí y datados en el siglo XIV por la cerámica hallada in situ.
Durante los siglos XVI-XVII fue tomando forma les tines construidas en piedra y forradas interiormente de cerámica que permitía realizar en un mismo espacio la prensa de la uva y la fermentación del mosto. Para ello incorporaba en la parte superior del recipiente unos travesaños sobre los que se volcaba y pisaba la uva, escurriéndose el líquido resultante entre las maderas. Terminado el proceso estas se retiraban, volcando en la cuba la pulpa y cerrándola para que diera comienzo la fermentación. Aunque estos lagares se construían en las bodegas de las masías y casas de pueblo, el modelo es idéntico al que sería adoptado posteriormente para las viñas.
El crecimiento demográfico durante los siglos XVIII-XIX y la exportación de vinos y aguardiente hacia el norte de Europa y América provocó la expansión acelerada del cultivo de la viña, que ocupó tierras hasta entonces yermas o boscosas, creando para ello terrazas en las mismas laderas de las montañas. Normalmente, estos nuevos viñedos no los cultivaba el dueño de la masía propietaria del terreno, que muchas veces estaba fuertemente endeudado, sino que eran cedidos a pequeños agricultores mediante un contrato de rabassa morta, una especie de cesión de la tierra mientras durara la vida de las cepas a cambio de la cual se debía entregar al arrendador una parte de la cosecha (durante el XVIII solía ser un cuarto y durante el XIX un tercio). La uva recogida debía ser trasladada rápidamente hasta a la tina para evitar que comenzara una fermentación incontrolada, así que todos aquellos que arrendaban viñas alejadas de las poblaciones y que, además, tenían dificultades de acceso para los carros y/o los animales de carga, tuvieron que buscar nuevas soluciones. Así surgieron les tines al lado de las masías y en medio de las viñas, construidos por los rabassaires (arrendatarios) pero que pasaban a propiedad de los arrendadores al finalizar el contrato. Levantar la tina cerca de la masía reducía los problemas de seguridad que implicaba hacerlo en medio de las viñas, pero el arrendador podía controlar e intervenir en la venta del vino, cosa que resultaba más difícil en el segundo caso.5 Quizás por ello esta opción fue tan aceptada en los valles del Montcau.
Contexto
Aunque hay pruebas documentales del establecimiento de les tines entre las viñas durante el siglo XVIII, la mayoría son de la segunda mitad del XIX y corresponden con un gran aumento de la superficie vinícola.
Este incremento se produjo en el contexto de recuperación económica que siguió a la devastadora Guerra del Francés. La guerra había dejado España en la ruina, con la población disminuida, las fábricas e infraestructuras destruidas, los cultivos abandonados y el comercio inexistente. Durante los primeros años de posguerra los precios agrícolas bajaron en Cataluña, provocando una crisis agraria de la cual se comenzó a salir a partir de 1830, cuando se consiguió recuperar los niveles de producción previos al conflicto. A esta normalización contribuyeron las desamortizaciones, las transformaciones agrícolas y la articulación entre desarrollo agrario e industrial.
A partir del triunfo liberal de 1834 comenzó a decretarse la desamortización de las manos muertas (tierras y bienes eclesiásticos), de las cuales no se beneficiaron los agricultores pobres, sino que pasaron a engrosar las propiedades de la aristocracia adinerada y de la burguesía industrial. Mientras que los nuevos propietarios consiguieron grandes beneficios en unos pocos años, lanzando una verdadera revolución agrícola que retroalimentó en Cataluña el incipiente proceso de industrialización, los campesinos sufrieron un empeoramiento del nivel de vida que provocó continuos conflictos sociales. Conflictos que, posiblemente, fueron básicos para comprender el posicionamiento del medio rural catalán a favor de los carlistas en las guerras que sacudieron el país durante buena parte del siglo.
Hacia los años cuarenta los cultivos predominantes en el campo catalán eran el trigo, el olivo y la vid en las llanuras, mientras que en la montaña destacaban la avena, la cebada y el centeno, además de la patata. La introducción de fertilizantes y de nuevas herramientas, así como la práctica de rotaciones de cultivos, permitieron intensificar la producción y expandir las superficies cultivadas hasta llegar a su máximo hacia 1885 (un 25% en cien años).
El motor de tal expansión fue el aumento progresivo de los viñedos. Y eso a pesar de la plaga de oídio sufrida por la uva a mediados de siglo, plaga que fue combatida de manera científica, consiguiéndose la recuperación total de las viñas gracias al uso intensivo del azufre. El cultivo de la vid dejaba un amplio margen de beneficios que no hacían más que aumentar, mientras que los precios de otros productos agrícolas (como el trigo) disminuían constantemente. Así, si el precio de venta del vino durante la primera mitad del XIX suponía el doble de su coste de producción, a partir de 1865 la aparición de la filoxera en Francia provocó que los precios finales llegaran a duplicarse. Durante quince años los agricultores catalanes recaudaron unos beneficios enormes hasta que, a partir de 1879 el parásito cruzó los Pirineos y comenzó a destruir las cepas del Empordà.
Aunque se proyectó crear una zona de aislamiento cercana a la frontera con Francia para impedir la propagación de la plaga, la resistencia de los campesinos y bodegeros impidió que esta medida se pusiera en práctica. En aquellos momentos el precio del vino alcanzaba niveles altísimos y nadie estaba dispuesto a perder esas ganancias. Los agricultores se preocupaban más de la cantidad que de la calidad del producto y aunque la productividad era baja se compensaba con una alta graduación alcohólica. Ante la desidia del gobierno y la pasividad de los mismos productores la filoxera se extendió por todo el Principado, llegando al Priorato en 1889. Al ir muriendo las cepas se abandonó su cultivo en las áreas montañosas y comarcas enteras vieron como se despoblaban o disminuía considerablemente su población, que emigró a Barcelona o América. Pero a pesar de la destrucción de los viñedos el estado seguía exigiendo igualmente el pago completo de los tributos, algo que ni propietarios ni rabassaires podían asumir. El campo catalán se hundió en una crisis tal que para 1888 habían sido embargadas más de cuatrocientas mil fincas.
La solución a la plaga consistió en la replantación de las viñas con cepas americanas resistentes al insecto. Pero la devastación había sido enorme: los viñedos catalanes pasaron de las 385 000 hectáreas que ocupaban en 1888 a solamente 41 000 en 1899, de las cuales 22 000 estaban afectadas por la filoxera. Como consecuencia de ello, la estructura agraria se vio modificada profundamente: se abandonaron los terrenos marginales (como los valles montañosos del Montcau, de difícil acceso y baja productividad) y la producción de las tierras mejores se especializó e intensificó. Asimismo, los conflictos sociales latentes en el medio rural se agudizaron, ya que los rabassaires vieron como, al morir las viñas, se les rescindían sus contratos de rabassa morta y sus condiciones de vida empeoraban sensiblemente. Hacia 1893 los afectados se organizaron en la Federació d’Obrers Agrícoles y se extendieron las revueltas.